Con los brazos abiertos y las piernas cerradas.


 

Así como dice el título dejé tirada a la mujer del viernes, que precisamente cayó el día de las Guadalupes.

 

Fiestón que se armó en una casa en la entrada del pueblo.

 

Llegué por invitaciones de invitados que habían sido invitados por terceros, por supuesto sin conocer a nadie, aunque algunos me ubicaban de años atrás cuando visitaba el pueblo al lado de mi padre.

 

Llegué por san José, dónde también había fiesta, y entrando luego luego, vi a una mujer que me cautivo por la fineza con la que caminaba, arropada humildemente con una sola pieza. No descubría más que sus pantorrillas, sin embargo quedaba embarrado como mosca en el parabrisas, su figura, unas nalgas de durazno y una cintura delgada, el cabello bajo los hombros. Unos cuantos centímetros cuadrados de su espalda estaban descubiertos, y de allí me enamoré hasta del color de su piel.

 

Vulgarmente quise expresar mi libido hacia ella, pero no es el tipo de ambiente donde es correcto mostrarme como un inadaptado, así que sólo dije a mi acompañante que esa niña era una manzana podrida, a lo que sus ojos ya alimentados por la señorita me hicieron señal de estar equivocado. Qué. Preguntó. y Dije. si, es una dulzura que se pasó de buena. Ahora asintió ante la explicación, pero agregó que tal vez si era una manzana podrida pero por otra cosa.

 

Este pueblo, como todos aquellos donde se adora la religión católica hay un tremendo problema con la doble moral, mujeres que no muestran carne para no provocar a los clientes que en algunos minutos están por devorar, y con sus piernas masticarles y dejarlos tirados como tiernos conejos asustados después del acto carnal desenfrenado.

 

Ni una sola palabra de sexo, pero eso si, mucho sexo. Al padre se le besa la mano, al sacerdote se le hace una mamada. Las niñas hasta los 15 años no tienen novio, algunas pocas porque el padre las viola en casa, pero ellas desde los 12 se venden en las fiestas.

 

Este era el retrato que una vez dibujó papá en mi mente, cuando habló borracho sobre su pueblo de origen. Poco me importó, pues se lo decía a sus amigos, quienes muy interesados apuntaban santo y seña para llegar a tal lugar.

 

Debido a esa idea que guardaba desde niño, tendría hoy cuidados especiales si se me antojara cojerme a una mujer de tal lugar. Mi moral está ya bien definida, al menos 10 años de mezclarme en camas ajenas, sin nunca haber preguntado nada ni haber dudado de lo que iba a hacer. Pero el recuerdo que guardaba desde niño hacia de esta noche el sexo mi principal preocupación.

 

Entramos al lugar dónde servían la comida, nos llenaron de guajolote con mole, tequila, arroz seco y carnitas de cerdo. Con el estomago hasta el tope fuimos a un granero gigante, acondicionado para el baile de la noche.

 

Algunos cientos de borrachos veneraban con alcohol la imagen, en medio de la pista de baile, de la virgen morena, que al pasar de la noche acabaría por finalizar la diversión, pues alguien tiró las velas y acabó por iniciar un pequeño incendio que no cobraría vidas humanas, pero que haría alboroto en todo el pueblo.

 

Caminaba yo entre la gente, junto a su padre y sentada, encontré a la mujer del vestido floreado que había visto en la tarde cuando llegué. Pedí permiso al padre de sacarla a bailar. preguntó quién era mi padre y al oír que era el mejor amigo del presidente municipal casi obligó a esa linda mujer a bailar conmigo.

 

No hablaba nada la niña, en realidad ya estaba crecidita, unos 22 años, con una timidez de 9, con la juventud de los 16 años. La verdad los detalles ya poco me importaban, lo único que hacia es pegarme todo lo que podía mientras bailaba, rosar sus senos sigilosamente y darle un pequeño beso en el cuello, ella no tenía más que aceptar pues el padre sin darse cuenta de mi comportamiento, la vigilaba a sabiendas que yo era un buen partido, viniendo de la ciudad, con estudios, y con tan buenos contactos en el pueblo.

 

Yo le hacía la plática, pero en verdad no teníamos nada en común, nada de que hablar, ella muy de pueblo y yo muy de ciudad, la música que se tocaba yo la repugno a la fecha, aun así, era el único pretexto para cortejarla.

 

Cuando las velas emprendieron el fuego, la tomé en mis brazos y la saqué corriendo, pero nunca pensé en mantenerla a salvo de las llamas, sino en alejarla de la vista de su padre.

 

Tierna, limpia, bella, perfumada, con sus senos apuntando a las estrellas y acostados en pasto, en nuestra cama.

 

Blanca, y aun más blancas sus piernas, estaban floreciendo lentamente por primera vez ante la luna. Mientras yo, valiente caballero me preparaba para desenfundar y asesinar al fantasma de su infancia.

 

Poca resistencia puso hasta ese momento, pero tampoco ponía entusiasmo en la campaña, dejaba que el destino jugara con ella, y el destino estaba en mis sudorosas manos.

 

Lentamente como con mucha pena, y aun más miedo en su mirada, sin remover el vestido, yo le sacaba las bragas. Tiernamente acariciaba, como quien con avaricia acaricia el dinero. Lentamente besaba, por no romper el encanto. Y así nomás, despacio pero sin decir una sola palabra di dos estocadas y arrepentido di retroceso, dónde sus piernas temblaban de miedo, de frío y de ganas, dónde la luna alumbra los pechos un tanto descubiertos, habiendo bajado el vestido por la espalda a la altura de su ombligo.

 

En mi cabeza habían mil cosas en el momento, la única mujer que había guardado su himen en el pueblo a tal edad, seguramente por las ataduras de su padre, y yo sin intención de quererla ni un poco se lo arrebataba. Al mismo tiempo dejarla allí con las piernas abiertas y su flor mojada, era un pecado mortal que yo no me perdonaría, la absolución nunca llegaría, tras dejar a una mujer blanca, con las mejillas teñidas de rojo y toda sudada. Aun mordiéndose los labios del placentero dolor de la primera probada.

 

Seguí luchando contra mi conciencia para terminar tan cruel escena, que era como haber despojado a un caballero de su arma y protección, hacerle herida de muerte, y dejarle sufrir, tendido en su lecho, soñando, rogando por miseriocordia, pidiendo que por piedad le mate de una vez.

 

Así yacía la mujer en pasto con las piernas abiertas, las mejillas rojas, la piel sudada, las piernas temblando y su sexo mojado. Mientras yo temblaba de frustración. Así que como cualquier puerta, le cerré las piernas, y la dejé con los brazos abiertos esperando un abrazo. Una vil y sutil forma de consuelo.  

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